Dialogar: escuchar y recibir |
A los papás en su día: ¡Feliz día del Padre!
*******************************************************************
El Sol del 25 …
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
… viene asomando.
Solemos decir que “vivimos el día”, apurados. Así, corremos el riesgo de pasar de largo no sólo en los detalles, sino también en las cosas más importantes. Pasar por la superficie sin adentrarnos en otras presencias.
Estamos ya en las celebraciones del Bicentenario. Y es bueno no pasar por encima algunos elementos importantes de estas fiestas.
Reconocemos en los acontecimientos de la llamada “Semana de Mayo” en torno al Cabildo abierto de Buenos Aires “el primer grito de libertad para nuestra patria” (“Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad 2010-2016”, Conferencia Episcopal Argentina, 14-XI-2008, Nº 7).
“Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia” (íd. 9)
En el mes de Marzo, una declaración de los obispos argentinos se titulaba “La Patria es un don. La Nación una tarea”. Así se expresaba la necesidad de un sentimiento de gratitud por el don recibido, esa dimensión de herencia que tiene este presente. El Te Deum es oración de acción de Gracias a Dios por sus dones, por aquellos hombres y mujeres que dieron forma concreta a un espíritu libertario creciente. Mirarnos como parte de un pueblo en su historia nos ensancha los pulmones para llenarlos de aires antiguos y nuevos. Nos libera de lo fugaz del momento presente y nos muestra nuestra vocación peregrina.
Podemos decir que así como la Patria es un don, es también una vocación. No es un don estático y acabado, sino una riqueza a desplegar.
Perder la memoria siempre lleva también a perder el rumbo. El camino recorrido y el horizonte al cual nos dirigimos se unen en este punto que es el presente. Hoy se abrazan en nosotros pasado, presente y futuro, como dimensiones inseparables del caminar de un Pueblo.
Hay dos fechas significativas, podríamos decir emblemáticas para los Argentinos: el 25 de Mayo de 1810 y el 9 de Julio de 1816. La distancia de 6 años y 1.193 km entre el Cabildo de Buenos Aires y el Congreso de Tucumán, no nos pueden distraer de considerar estas fechas como un proceso vivido, un camino de maduración histórica de los acontecimientos (cronología, geografía, sociedad). Por eso, teniendo en cuenta la naturaleza de los sucesos históricos, en la Conferencia Episcopal Argentina hemos resaltado la vinculación entre 1810 y 1816, para que del 2010 al 2016, también podamos proponernos un proceso de maduración social: “erradicar la pobreza y promover el desarrollo integral” (íd. 5). Aprovechar el sexenio para que la celebración del Bicentenario nos ayude a crecer en Justicia y Solidaridad.
Aquellos ideales de libertad fueron alentados por numerosos sacerdotes y religiosos. La predicación en los templos, el lugar de los capellanes de hombres de armas, la participación en Cabildos, Congresos, asumir cargos públicos, fueron signos elocuentes de adhesión del clero a la Revolución y compromiso en su afianzamiento. Los líderes de los procesos revolucionarios fueron laicos formados en su mayoría en escuelas y universidades de Congregaciones Religiosas. La fe estaba instalada en las motivaciones profundas de los “Padres de la Patria”. Y también en el “bajo pueblo” —que nos recordaban en una reflexión hace unos días los sacerdotes que trabajan en las Villas de Emergencia de la Ciudad de Buenos Aires— que le daba rostros, brazos y firmeza a la determinación de los sueños de libertad compartidos entre aquellos que tenían en sí mismos la semilla plural y multiétnica de la argentinidad recién nacida.
¿Será que, como dice Charly García, “estamos buscando un símbolo de paz” y con esta fecha bicentenaria tenemos el mejor de los motores para encontrarlo?
Hoy en la Iglesia celebramos el día de Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo. Él es quien nos renueva en la Esperanza y nos hace generosos en la escucha de quienes piensan distinto, en el encuentro con los que nos parecemos, en la convivencia armónica entre los hermanos que habitamos este mismo suelo que empieza a vivir la Fiesta del Bicentenario.
¡Y que viva la Patria!
Carta Pastoral
Gentileza de audio de Alejandra Barboza
Ir a descargar
Carta a la Virgencita de Luján
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
Muchas veces, al llegar a la basílica, tu casa y nuestra casa, mirándote a los ojos —“Patroncita Morena” te llamaban hacia fines del 1700—, pensé: venimos con nuestros pies, ponemos nuestra voluntad en el camino pero nos trae e impulsa tu amor de Madre.
Esa Madre que, aunque esté preocupada por los caminos que a veces toman sus hijos (y supongo que eso les pasa mucho a las mamás), los quiere y los quiere bien. Le gusta verlos ser felices, con la vida encarando proyectos, siendo niños cuando hay que ser niños y maduros cuando la adultez reclama. Mamá que sabe esperar: vos estás desde antes de que soñáramos que podíamos llegar a ser una patria libre y soberana.
Otro pensamiento que se me aparece con frecuencia al estar en tu casa es imaginarme cuántos hombres y mujeres desde los inicios de la evangelización en nuestra tierra te vienen rezando y mirando tus mismos ojos.
¡Cuánto habrás visto y oído, Madre nuestra! Cuánto consuelo habrás prodigado, cuántos sueños habrás acunado y cuántas alegrías habrás festejado con los hijos de tu patria. Este suelo que elegiste para quedarte y darnos esperanza. Hoy queremos volver a poner en tu corazón a tus hijos, especialmente los que más sufren, los más pobres y postergados.
Ayer, en el día en que te festejamos, se leía desde tu bendita tierra lujanense y hacia toda la Argentina el Manifiesto de la Esperanza: “Los hombres y las mujeres de Fe junto con todos los argentinos de buena voluntad, debemos comprometernos en este inicio del Bicentenario a que en nuestra Patria salga a la luz una Esperanza transformadora, hacia una Nación Argentina que incluya dignamente a todos sus hijos”.
Se reafirmó en un credo cívico-social la necesidad de estar todos juntos en la construcción colectiva de la esperanza y también se invitó a poner la mirada en un horizonte posible: protegiendo la vida en igualdad para todos quienes habiten nuestro suelo, cuidando a nuestros niños y jóvenes, propiciando familias unidas e igualadas ante las oportunidades y acceso a la educación, el trabajo digno y la salud.
Sos la Patrona de la Argentina. Esta Nación que te canta vestida de pueblo celeste y blanco: “Cuando Tú Madre querida / Nos acercas al Señor / La raíz de nuestra vida / Se renueva con tu amor / Que en el suelo americano / Nunca falte amor y paz/ No nos sueltes de tu mano / Virgencita de Luján”.
¡Hasta el domingo que viene! ***********************************************
30 de abril de 2010
¡Feliz Día del Trabajo! (¿solamente para algunos?)
22 de abril de 2010
Del siglo XIX al siglo XXI
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
En el Documento de la Conferencia Episcopal Argentina de noviembre del 2008, “Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad (2010-2016), que venimos comentando en esta columna se dice:
“No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia”. (Nº 9)
“Acercándonos al Bicentenario, recordamos que nuestra patria es un don de Dios confiado a nuestra libertad, como un regalo que debemos perfeccionar. Podremos crecer sanamente como Nación si reafirmamos nuestra identidad común.” (Nº 11)
¿Qué se está acentuando en estos párrafos? Que no podemos saber adónde vamos si no tenemos claro de dónde venimos y que la historia que un pueblo escribe en libertad es un signo de su salud social y del respeto que manifiesta cuando trae al presente a los hacedores de su pasado.
Sabemos que nuestra historia no comienza con la Revolución de Mayo. También forman parte de nuestra identidad la cultura de los pueblos originarios, la impronta de las Órdenes y Congregaciones Religiosas que misionaron en estas tierras. Y cómo no mencionar el rechazo y resistencia a las invasiones inglesas en la primera década del siglo XIX, sucesos de los que el imaginario argentino incorpora entre los más heroicos y valientes.
Sin embargo, la proximidad del Bicentenario del 25 de Mayo de 1810 nos hace evocarlo como “el primer grito de libertad para nuestra Patria”. (Nº 7)
Me acordaba en estos días de una novela que relataba la historia de un hombre que aparece perdido en un pueblo. La gente se le acerca y le pregunta: “¿Te podemos ayudar? ¿Adónde tenés que ir?”. Y el hombre responde: “No sé de dónde vengo, no sé hacia adónde voy”.
Su horizonte era confuso e indeterminado porque no sabía dónde había comenzado su camino.
Algo semejante nos puede suceder si no tenemos una mirada clara acerca de nuestra historia, de nuestro caminar como Pueblo, como Nación, como Continente. Difícilmente podamos proponernos un proyecto que sea adecuado a nosotros si no partimos desde nuestra identidad. La identidad nos da pertenencia a un pueblo concreto. “Nuestro ADN social” es sumatoria de quienes nos precedieron en hechos e ideas, y nos otorgaron el gran regalo de la memoria colectiva.
Somos el resultado de los sueños y anhelos de hombres y mujeres de los siglos anteriores. Sus aciertos y errores, sus grandezas y mediocridades han construido esta Patria querida.
Hoy, nosotros, hombres y mujeres del presente-constructores de la historia, nos encontramos ante el intenso desafío de sabernos tales y descubrirnos posibles y capaces de honrar a la Patria. De honrar la Vida.
28 de marzo de 2010
DOMINGO DE RAMOS
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
Hoy es un día de fiesta muy especial. Se conmemora —se hace memoria— y se celebra —se hace presente— la entrada de Jesús a Jerusalén. En aquella ocasión muchos le salieron a recibir con alegría. Nos relata el Evangelio que colocaron sus mantos improvisando una alfombra y lo saludaron agitando unos ramos con hojas verdes. Jesús entraba montando en un burro. Ésta es una manera de decirnos que viene con humildad, como rey pacífico; no montado en un importante y fuerte caballo.
Hoy en nuestras Iglesias se bendicen los ramos de olivo. También salimos a las calles, hacemos procesiones, evocando aquella entrada de Jesús en la Ciudad Santa. Es uno de los días del año que más gente acude a la Iglesia.
¿Para qué son los Ramos que nos llevamos a casa? Tienen una doble finalidad. Solemos colocarlos junto a una cruz que tenemos en la pared, o al lado de alguna imagen o estampita de la Virgen o alguno de los Santos que nos acompañan en nuestra vida de fe. De este modo, al mirar ese Ramo nos acordamos que hemos aclamado a Jesucristo como Rey de nuestra vida. Es un signo que nos recuerda haber rezado y cantado para que Él reine en nuestra vida, nuestra familia, nuestra patria. La otra finalidad es misionera. Es muy bueno llevar algún ramito a quienes no pudieron ir a la bendición y a la Misa. Siempre hay que pensar y tener en cuenta a algún vecino, familiar, o alguien enfermo.
El Domingo de Ramos es la puerta de la Semana Santa. Un tiempo muy importante para la oración, para acercarnos a Dios en la confesión, para reconocer el Amor de Dios.
Para Jesús entrar a Jerusalén fue acercarse a la Pasión, Muerte y Resurrección. Por eso, después de una procesión festiva y alegre, en la celebración de la Misa se lee el Evangelio de la Pasión de Jesús. Él mismo había predicado “si el grano de trigo no muere queda solo, pero si muere da mucho fruto”.
En la Semana Santa Jesús nos invita a vivir los momentos culminantes de su entrega por Amor a todos nosotros. Son celebraciones emotivas y ricas en gestos, signos que nos muestran ese Amor tan grande, tan generoso que nadie queda afuera. Acercate.
Hasta el Domingo que viene caminando hacia la Pascua.
Feliz Semana Santa.
26-03-10
San José de Gualeguaychú, 22 de Marzo de 2010
A la Asamblea Ciudadana Ambiental Gualeguaychú
Estimados Asambleístas:
Estamos transitando este tiempo de Cuaresma que nos lleva a la Semana Santa y a su culmen que es la Pascua. Es un tiempo de mirada interior para acercarnos más a Dios y a los hermanos.
En este marco me dirijo a ustedes para solicitarles un gesto pascual: que levanten el corte de la ruta internacional 136 en la próxima Semana Santa.
Este pedido que les acerco ahora lo he conversado con algunos de ustedes en Pascuas y Navidades anteriores. Será dar un paso hacia el encuentro entre familiares y amigos que ayude a fortalecer la fraternidad entre nuestros pueblos.
Les envío mis saludos . ***********************************************************************
5 de marzo de 2010
La Gran Deuda
por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
El Diccionario de la Real Academia dice que la palabra “deuda” significa “obligación que alguien tiene de pagar, satisfacer o reintegrar a otra persona algo, por lo común, dinero. Obligación moral contraída con alguien”.
En esta definición hay tres elementos: dos sujetos (uno que debe a otro) y un objeto (aquello que se debe o adeuda).
En un documento de la Conferencia Episcopal Argentina los Obispos escribimos: “La gran deuda de los argentinos es la deuda social. Podemos preguntarnos si estamos dispuestos a cambiar y a comprometernos para saldarla. ¿No deberíamos acordar entre todos que esa deuda social, que no admite postergación, sea la prioridad fundamental de nuestro quehacer?”. (Afrontar con grandeza nuestra situación actual, 11 de noviembre de 2000.)
No se trata solamente de una cuestión económica para que cierren los números. Es antes que nada un problema moral, que afecta a la dignidad del deudor y del acreedor. De esos “elementos” que nombrábamos en la definición del inicio.
La dignidad del acreedor es afectada porque se le quita lo que necesita para vivir humanamente y le corresponde por derecho.
La dignidad del deudor es afectada porque no trata al otro como hermano. Lo que se debe no es una silla o un libro que se pidió prestado, sino la posibilidad de acceder a los derechos humanos elementales: educación, salud, vivienda, alimentación. Todos derechos que hacen a la dignidad humana.
¿Y qué es lo digno?
Lo que merecemos, lo que nos corresponde por condición o mérito. Lo contrario nos sumerge en espacios que deslucen nuestras virtudes y valores. Para pensar, ¿verdad?
Compartamos algunos conceptos del cardenal Bergoglio sobre el tema: “la ‘deuda social’ son millones de argentinas y argentinos, la mayoría niños y jóvenes, que exigen de nosotros una respuesta ética, cultural y solidaria. Esto nos obliga a trabajar para cambiar las causas estructurales y las actitudes personales o corporativas que generan esta situación; y a través del diálogo lograr los acuerdos que nos permitan transformar esta realidad dolorosa a la que nos referimos al hablar de la ‘deuda social’ ”.
(…) “Para la Iglesia es esencial tratar el problema de la deuda social porque el hombre, y en particular los pobres, son precisamente el camino de la Iglesia porque fue el camino de Jesucristo.”1
Y que la Gran Deuda no se vaya convirtiendo silenciosamente en la Gran Duda que nos haga recelosos unos de los otros y nos impida confiar. Sabemos con certeza que la construcción colectiva de soluciones propositivas es imposible si no confiamos en nosotros, los hermanos que vivimos y amamos nuestra Patria.
Por eso este camino que une al Bicentenario del 25 de Mayo de 1810 con el del 9 de Julio de 1816 debemos proponernos como prioridad nacional erradicar la pobreza y promover el desarrollo integral de todos, sin que nadie quede afuera o se caiga del proyecto. Anhelamos celebrar el Bicentenario en Justicia y Solidaridad. Será posible si crecemos en compromiso por nuestros hermanos más pobres y excluidos.
1. Conferencia inaugural del cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., en el Seminario sobre “Las Deudas Sociales”, organizado por ÉPOCA. Buenos Aires, 30 de septiembre de 2009.
*******************************************************************************
28 de febrero de 2010
Nunca estamos al margen
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
Hace una semanas rezábamos juntos por el pueblo haitiano. Hoy lo hacemos por el pueblo chileno.
“…Cuando miro el cielo, veo acá mis nubes y allí mi Cruz del Sur / mi alrededor son los ojos de todos y no me siento al margen”, dice el poeta uruguayo Mario Benedetti evocando su patria.
Nada que suceda en las patrias de nuestros hermanos nos es ajeno. La patria de nuestros hermanos chilenos no está “al margen”. Estamos al lado que es lo mismo que decir juntos, hasta cumplimos y celebramos nuestro bicentenario en este mismo año.
Ayer Chile tembló con un terremoto de 8.8 en la escala de Richter y se encadenaron remezones de ese movimiento en varias provincias argentinas. También hubo alertas de tsunami en Perú, Ecuador, Australia, Hawai… Hasta el momento en que estoy escribiendo estas palabras —sábado a la tarde—ya había en el país trasandino más de 200 muertos.
Siguen llegando las noticias: “solidaridad con….”, “se suspende festival…”, “sacudió el centro y sur…”, “los damnificados…”, “se aplaza el inicio del año escolar…”, “evacuan la isla…”. Frases con absoluto contenido humano porque en cada gesto, en cada centímetro cuadrado de tierra fragmentada, en cada decisión que acerca alivio a los que están sufriendo las consecuencias del terremoto, está la gente. Inesperadamente voces y sueños, vidas y proyectos, dan espacio imprescindible a la urgencia del imponderable.
Manos de ayuda llegan de todas partes hasta la delgada patria chilena. La naturaleza no elige lugares para hacerse sentir. La presencia fraterna ante el dolor, tampoco. De eso se trata conmovernos: “mover el corazón” y ponernos en marcha para estar al lado de los hermanos. Y descubrimos una vez más que el sufrimiento del otro también es el nuestro.
Eladia Blázquez nos describe desde su canción: “Con las alas del alma desplegadas al viento / ante cada noticia de estupor, de injusticia / me desangro por dentro y me duele la gente, su dolor, sus heridas / porque así solamente interpreto la vida”.
La gente y sus vidas nos duelen. No estamos al margen.
Padre Bueno del Cielo, no dejes que la noche nos sorprenda sin ti. Pidamos a la Virgen del Carmen, Patrona del pueblo chileno, cuide de todos con ternura de Madre.
******************************************************************
27 de febrero de 2010
Democracia y economía
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
Al mirar nuestro país no puedo no conmoverme. La democracia de mi país me conmueve al igual que el rumbo de la economía porque ambos conceptos se hacen concretos, visibles e influyen en la vida cotidiana de todos nosotros.
La democracia es la forma de gobierno propia del Estado de derecho. El pueblo gobierna y legisla a través de sus legítimos representantes, elegidos por medio del voto. Pero la responsabilidad ciudadana no termina al colocar el sobre en la urna el día de las elecciones. Es necesaria la participación en la construcción del bien común. Ese bien común que propone características que bien vale recordar: respeto a la persona, búsqueda de la paz y el bienestar de la comunidad, la interrelación y colaboración con distintos actores de la sociedad para encontrar entre todos el mejor bien posible.
La “política” hace referencia a lo que es común a todos. No es sólo cuestión de “los políticos”, sino responsabilidad de toda la ciudadanía. Queremos una Democracia firme, estable. En esto coincidimos todos los argentinos.
Uno de los elementos que fortalecen la democracia es una economía sana y una justa distribución de los bienes. Si la economía tiende a una administración eficaz de los bienes comunes, busca la generación de riqueza colectiva, cuida los recursos y optimiza la capacidad de ahorro puede ser considerada sana. El Papa Benedicto XVI dijo que la democracia “es la única que puede garantizar la igualdad y los derechos de todos”.
La Democracia se entiende como el gobierno del pueblo y para el pueblo. Si esto no sucede se desvirtúa su finalidad y la gente crece en desconfianza y apatía a la par que se aleja y abandona espacios de participación.
Es oportuno que destaquemos que la política es una tarea muy noble. El Papa Pablo VI dijo que “la política es una forma eminente de la caridad”. La nobleza implica gestos y actitudes generosos y honrados tanto en gobernantes como en gobernados.
Para fortalecer la democracia también es importante garantizar el acceso a la educación, la salud, la vivienda. Debe haber un modelo de producción y desarrollo que promuevan la creación de fuentes de trabajo en las diversas regiones del país.
Al mismo tiempo, es muy deseable una cultura del trabajo que atraviese la educación en todos sus niveles y que logre generar jóvenes que se identifiquen con esta propuesta: la que se edifica sobre la roca del trabajo digno y que brinda satisfacciones tanto en el plano individual como en el colectivo.
Cultura del trabajo que va de la mano de la solidaridad. “El mensaje de la doctrina social acerca de la solidaridad pone en evidencia el hecho de que existen vínculos estrechos entre solidaridad y bien común, solidaridad y destino universal de los bienes, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos, solidaridad y paz en el mundo” dice en uno de sus párrafos el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.
Pensar acerca de democracia y economía nos llevó a reflexionar sobre política, bien común, educación.
Nelson Mandela, aquel líder que emergió de una sociedad tan lastimada como la sudafricana, nos presta su definición de democracia antes de despedirnos hasta próximo domingo:
“Si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan Parlamento”.
*************************************************************************
20 de febrero de 2010
El verano y las vacaciones
En estos meses de verano hay menos movimiento en la calle. Lo habrán notado, ¿verdad? Todos parecen que caminan un poco más despacio. En parte por el calor, y también porque hay menos apuro para hacer las cosas.
Algunos, tal vez, se pueden ir unos días afuera. Muchos no. Pero todos podemos aprovechar este tiempo para entregarle otra mirada —quizás más despejada o menos apremiada por horarios y obligaciones— a lo que nos rodea.
“Tenemos más tiempo”, pareciera decirnos cada enero. Descanso en el trabajo, no levantarse temprano por la escuela de los chicos, los días son más largos.
Es bueno proponerse algo más que mirar la tele todo el día.
Por ejemplo, ir a visitar a algún familiar o amigo que hace rato no vemos. Esos encuentros nos reconfortan y ayudan a gustar de los recuerdos. Seguro que aquellos que visitamos tienen algo nuestro dentro suyo para darnos y hacernos sentir más cerca en los afectos.
También podemos ir a visitar a la Virgen de Luján. Hace poco pasé un sábado a la tarde por el Santuario y había mucha gente que iba a Misa y rezaba, y luego se sentaban a tomar mate debajo de las arboledas del costado del río. En vacaciones es bueno dedicarle más tiempo a la oración. Y si es en familia, mejor.
Todo lo que podamos hacer en familia es tiempo bien usado. Tiempo que transcurre la simpleza de la vida compartida. Salir a pasear, jugar a algún deporte o juegos de mesa en casa.
No debería faltarnos un tiempo dedicado a conversar tranquilos sobre cómo nos fue en el año 2009 y qué esperamos para el 2010: qué expectativas tenemos, qué quisiéramos lograr, qué deseamos de nuestra familia.
Si tenemos la posibilidad de ir de vacaciones a algún lugar de veraneo, tenemos también allí ocasión de dar gracias a Dios por tantas cosas lindas que hizo en nosotros.
Y sobre todo, por el regalo de la vida y de aquellos que queremos y nos quieren.
Más de una de esas cosas lindas ni siquiera las registramos porque el ritmo del año de trabajo y estudio a veces no nos dejan ver con claridad esa presencia de Dios a nuestro lado.
Verano y vacaciones pueden acercarnos a mirar hacia adentro de cada uno, percibir la compañía de Jesús en nuestro andar y agradecerle que nos haga fieles a su amistad y presencia divina.
+Jorge Lozano
Obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social














































































0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada